Places do not belong to people. People belong to places.

A menudo recuerdo mis últimos días en tierras palentinas y todavía hoy una gran sonrisa inunda mi cara. Tan mágica fue la experiencia que me resulta imposible encontrar las palabras adecuadas para expresarla. Por eso, cuando a uno el don de la palabra no le alcanza, acude a aquellas personas que sí supieron narrar con maestría lo que yo sólo sé sentir y no expresar con palabras. Pronto encontré en la literatura de Miguel Delibes la respuesta a muchas de mis emociones al sumergirme en la naturaleza. Los ríos no son una sucesión de pozas y corrientes sin más. Es mucho más que eso. Para Delibes los ríos ofrecen vaderas para ser salvados y se apresuran en rabiones, se adelgazan en raseras y se serenan en cadozos, se adormecen en tabladas, sueñan entre hileros, meditan en un restaño, se desbordan en ejarbes, se precipitan por escorrentías y se hacen música sobre el cascajar antes de separarse en esteros. Sus diarios de campo constituyen un noble testimonio de sensibilidad medioambiental y verdadero amor por los ríos, montes y sus gentes que me han marcado profundamente.

Cuatro días y tres noches en soledad de inusitada belleza. Viví experiencias únicas que te sumergen absolutamente en la naturaleza, lejos de la perturbadora mano del hombre. Abandoné el coche, me crucé con una pareja de pastores con la que compartí un trago de agua y desde entonces no vi rastro de vida humana durante dos días y dos noches. Recuerdo mi sonrisa mientras caminaba y el mágico atardecer que en el río aguardaba mi llegada. Me quité las botas tras la caminata y sentado a orillas del río, mientras el sol se escondía, mis amigas las truchas al sereno se cebaban y los cencerros de las vacas tudancas me acompañaban.

De todas las vivencias que me acompañaron durante mis solitarias jornadas, nada mejor que la mística de la noche en las montañas, allí donde uno se siente pequeño y vulnerable frente a la vida que le rodea. La luna llena me negó el cielo estrellado que tanto ansiaba. Pero a cambio, disfruté de tres noches de luz espectral que crearon una atmósfera onírica e irreal, encabezada una vez más por las visitas de mi viejo y fiel amigo el zorro. Durante mi segunda noche a orillas del río que más quiero, algo hizo que me despertara de madrugada, a pesar del profundo sueño del que disfruto en estos lugares. La luz de la luna me permitía distinguir las sombras y siluetas de cuanto me rodeaba. Observé todavía con el ojo pegado que una de mis mochilas misteriosamente se había desplazado. Alrededor, casi nada estaba donde yo lo dejé y confieso que la escena era muy confusa y perturbadora. Transcurridos unos segundos, escuché el exótico ruido de una bolsa de plástico y pronto observé como el ruido cesaba y dos grandes ojos como linternas me miraban. Y por fin lo comprendí todo: el astuto zorro de nuevo me visitaba. Este animal, al que ya conozco de otras noches en las montañas, es tan manso como descarado, así que durante unos minutos apareció y desapareció de cada uno de los flancos que me rodeaba dispuesto a robarme el alma, mientras yo básicamente le espantaba e insultaba. Simpática escena sí señor. El zorro desapareció, o eso al menos creo yo, para a la mañana siguiente cobrarse su particular venganza.

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